El virus cambia. La cuarentena, no
04/07
Por Shandal (*)
Especial para MiTrenque
La noticia llegó en el verano de 1889.
A cuarenta kilómetros del pueblo, en el Centro Agrícola de Morel, varios niños habían muerto. El juez de paz solicitó al médico municipal, Dr. Secundino Alonso, que realizara una inspección. No había camino, solo huellas entre los pastizales.
Lo esperaba un galpón de veinte por diez metros donde dormían ciento veinte personas, apiladas en catres de lona y en el piso de tierra. En otro galpón más pequeño, habían muerto seis niños de dos familias en un solo cuarto de cinco por cinco.
Alonso contó nueve enfermos más, casi todos niños, y supo que ya habían muerto diez. No hizo falta examinar. La fiebre tifoidea se anunciaba sola en el calor, en el hacinamiento, en la boca seca de los que todavía respiraban.
Escribió al presidente de la Municipalidad que la situación era urgente. Usó las palabras "desgraciados colonos" y "Honorable Cámara". Y pidió medidas. No pedía caridad. Pedía decisiones antes de que el pueblo entero aprendiera a enterrar chicos en fosas comunes.
El pueblo tenía apenas trece años.
Trece años en los que la incertidumbre de seguir vivo no era excepción, sino costumbre.
Cuando la División Norte avanzó hacia el sur en 1879, se llevó la única medicina que conocía el lugar. Quedaron ranchos de barro, pozos ciegos a pocos pasos del jagüel y la peligrosa costumbre de hacer las letrinas tan cerca del agua que la tierra devolvía lo que se enterraba.
La gente se curaba con carqueja, baycurú, medían el empacho, aplicaban ventosas. El baño diario no existía; se lavaban las manos y la cara. La ropa se enjuagaba en los bordes de la laguna, junto a donde bebían los caballos.
Fabio Dozo llegó como Juez de Paz en 1885. No había intendente. No había concejales. No había recolección de basura, solo carros de tracción a sangre que pasaban al atardecer tocando campana, y los vecinos salían con baldes de cenizas y huesos de la olla.
Empezó a firmar bandos. Prohibió matar vacas en los patios. Obligó a barrer la bosta hasta el centro de la calle, para que el sol la secara. Multó a los que dejaban el frente sucio. Decían que el mal olor, el miasma, traía la muerte.
Rodón llegó al año siguiente. Cubano, masón y graduado en Barcelona, traía un título que le discutirían durante años. Iba a caballo de rancho en rancho, con un maletín de cuero; estetoscopio de madera, termómetro, bisturí y pinzas de dentista. Llevaba cal viva para los pozos ciegos y quinina para las fiebres.
La gente se escondía. Rodón volvía con la policía.
Pero no alcanzaba.
Los inmigrantes llegaron sin techo. Se apilaron en conventillos de adobe y compartieron letrinas que saturaron los pozos. Había que organizarse. Crearon sociedades de socorros mutuos; pagaban cuotas para tener médico, farmacia y sepelio propio.
Exigieron un cementerio lejos del pueblo y control del agua de la laguna. Lograron un hospital, aunque el primero consistió en dos piezas de rancho con ventanas enfrentadas para que el aire se llevara los malos olores.
Pero era suyo.
El 25 de agosto de 1890 se inauguró la estación de Trenque Lauquen, parte del Ferrocarril del Oeste. El tren trajo más gente, más conventillos y más letrinas saturadas. La población creció más rápido que la capacidad para contenerla.
Entonces llegó la viruela. A diferencia de la tifoidea, no esperaba en los pozos de agua. Flotaba en el aire, pasaba de cuerpo en cuerpo y mataba en pocos días.
El 21 de junio de 1892, seis vecinos, José del Prado, Baudilio Rivas, Santiago Bozzini, Eustaquio Díaz, Benjamín Farrington y Francisco Barral, se reunieron en el Hotel del Comercio, en Villegas y Oro, y formaron la primera Comisión de Higiene.
La batalla se libró casa por casa.
Abrieron una colecta pública para sostener a los contagiados y levantaron un lazareto en los descampados de la periferia.
Los vecinos comisionados entraban a las casas de los infectados, sacaban los colchones de lana, las mantas y la ropa, y los quemaban en hogueras públicas en mitad de la calle.
Sabiendo que dejaban a los vecinos en la indigencia, la Comisión usaba los fondos recaudados para indemnizarlos y entregarles ropa limpia. Mientras tanto, guardias pagados custodiaban las puertas de los ranchos en cuarentena para que nadie propagara el virus en el pueblo.
Las vacunas finalmente llegaron. El pueblo sobrevivió.
En 1893, el Honorable Concejo Deliberante de Trenque Lauquen comenzó a funcionar.
No hubo festejos. Los concejales sabían muy bien lo que hacían; trasladar a papel lo que ya se practicaba. Las multas por patios sucios pasaron de bandos del juez de paz a ordenanzas con números. La recolección de basura dejó de depender del toque de campana de un carro particular. El control de carnicerías, mercados, letrinas y aguadas dejó de ser una urgencia epidémica para convertirse en rutina municipal.
Alonso, en 1889, había pedido medidas. En 1893 ya existía un cuerpo que las discutía, votaba y exigía cumplimiento.
El expediente de Morel quedó en el Juzgado de Paz, con la firma de un médico que no imaginaba que describir la muerte de niños fuera el primer paso para que esa aldea aprendiera a gobernarse.
El Dr. Rodón murió lejos, con el título peleado hasta el final.
Dozo quedó en las actas.
Cinco de los seis del Hotel del Comercio no tienen calles con su nombre.
Pero cuando el concejo deliberó por primera vez, en algún momento alguien debió levantar la mano para votar una ordenanza de higiene. Y esa mano sabía lo que votaba. Había barrido la bosta de su frente, había visto pasar el carro fúnebre de madrugada, había tenido un hijo con fiebre y no había tenido a quién pedirle ayuda más que al vecino de al lado.
La nota quedó ahí. El pueblo siguió.
(*) Se organizaron para sobrevivir. La basura, al final, fue apenas la excusa.
Fuentes: "Huellas" Tomo 2 – Publicación de la Municipalidad de Trenque Lauquen; “La Evolución de un Pueblo” de Luis Scalese; Vida y Obra: Historias Trenquelauquenses de Martín Ramirez Barrios.