Martes 11 de agosto de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
Lecturas

El arte de no hacer trampa

Sobre la voz narrativa en Casas que flotan

Título: Casas que flotan

Autor: Diego Tiseira

Editorial: Caburé Libros

Año de publicación: 2025

Por Mariela Nazar, lectora.
Especial para MiTrenque

Casas que flotan

Hacer hablar a un nene en la literatura es una de las tareas más difíciles y, también, una de las más tramposas. El error frecuente consiste en que un adulto se disfrace de chico: cambia algunas palabras, simplifica el lenguaje, pero detrás de esa voz siguen asomando la experiencia y la lucidez de quien ya sabe demasiado.

En Casas que flotan, Diego Tiseira elige el camino más difícil. Se impone una disciplina rigurosa: fija la cámara dentro de la cabeza del hermano menor y no la mueve de allí. Nunca. El narrador no explica, no interpreta ni anticipa. Apenas registra lo que ve, lo que oye, lo que toca y lo que entiende.

Confieso que al principio cuesta encontrar el ritmo de esa voz acelerada. Pero, una vez que el mecanismo se revela, esa aparente incomodidad se transforma en uno de los mayores logros de la novela. El lector adulto termina leyendo como piensa un chico: por acumulación, por asociaciones inmediatas, sin la distancia necesaria para ordenar la experiencia.

Esa sensación se construye, primero, desde la sintaxis. El protagonista no organiza el mundo en razonamientos complejos; encadena acciones con una sucesión de "y" que reproduce el vértigo de la infancia. Todo ocurre ahora. No hay tiempo para analizar lo vivido porque todavía se está viviendo.

Otro acierto consiste en la elección de la mirada. Mientras los adultos perciben una inundación, una crisis económica o un conflicto familiar, el chico se detiene en aquello que realmente ocupa su universo: un puñado de maní que no le convidan, el nylon transparente que cubre una carpeta escolar, un "bochón" rescatado del agua o unas zapatillas que fingen ser importadas. La tragedia nunca se explica; se filtra por los objetos. El lector comprende mucho más de lo que el narrador alcanza a entender.

Y allí aparece otro de los méritos de la novela: la confianza en el lector. Tiseira no necesita explicar que una familia atraviesa un momento difícil. Le alcanza con mostrar escenas, silencios, pequeños gestos.

En ese mundo, Javier ocupa un lugar fundamental. No es un adulto en miniatura ni sólo un hermano mayor. Está apenas más cerca del mundo de los grandes y, por eso mismo, carga con responsabilidades que tampoco comprende del todo. A veces protege; otras veces intimida; muchas veces improvisa. Esa ambigüedad lo vuelve profundamente humano y evita que se convierta en un personaje funcional.

Hay, además, momentos en que la novela logra una belleza inesperada sin romper nunca el pacto de la voz infantil. No porque el narrador se vuelva poeta, sino porque la imagen habla por él. Tiseira no le presta al chico palabras que no tendría; le alcanza con confiar en lo que ese chico mira. La emoción nace precisamente de esa contención.

Quizá allí resida el gran mérito de Casas que flotan. Escribir desde la infancia suele tentar a los autores a explicar de más, a embellecer los recuerdos o a regalarle al niño una conciencia que todavía no posee. Diego Tiseira evita esa tentación. Confía en su narrador hasta la última página y deja que sea el lector quien complete el resto.

Ésa es, finalmente, la trampa que decide no hacer.

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