Domingo 14 de junio de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
PERSPECTIVAS

Esas sombras vivas

Heredas el alma de los que miraron el mismo horizonte

Por Shandal (*)
Especial para MiTrenque
Esas sombras vivas 14/03

Es de noche. Me detengo frente al Hospital Orellana. Respiro hondo, como quien intenta recuperar el aire de otro tiempo, y franqueo la entrada. Allí donde hoy hay asfalto y puertas automáticas de vidrio, todavía están los antiguos pilares y la fuente que alguna vez refrescó la espera de otros.

A la izquierda, no están la sombra de la capilla y la casa de las Hermanas del Asilo, pero el aire conserva un rezo suspendido. En los años 80, la modernidad decidió que para esta Sala de Guardia, la capilla debía ser demolida. Camino sobre un altar invisible. En el reflejo de los vidrios, veo el aleteo de las cofias blancas de las monjas Rosarinas moviendo sus manos entre los frascos de la farmacia de 1920, administrando consuelo y quinina a partes iguales.

Ya en la sala, el lugar se va poblando entre el ay de todos y un silencio que nunca termina de ser silencio. Una madre sostiene a su hijo. Eloísa Anzoátegui, la partera, llega a estas mismas calles en 1899 con su maletín de cuero y la sabiduría de quien sabe que la vida no espera. Mientras ella trae niños al mundo en las casas particulares, las Damas de la Misericordia levantan y gestionan a pulmón el primer hospital. Prehistoria de este gigante de ladrillos que el Pedro T. Orellana imaginaría mucho después.

La espera me adormece.

El pasillo separa a los hombres de las mujeres. Por allí anda el eco del paso apurado del Dr. García Salinas y, más lejos, la sombra de Francisco Rodón, el primer médico, el cubano que allá por 1886 cambió el mar por este desierto. Ahí está, vacunando contra la viruela con solo un ruego y un frasco de alcohol.

Afuera, el viento zarandea la lamparita de luz amarilla en el cruce de Belgrano y Castelli. Las sombras solitarias agradecen existir cada vez que la luz se hamaca, son los antiguos pobladores que van a vacunarse a la Comandancia Militar, cuando el hospital todavía es un sueño.

De pronto, la urgencia. Una camilla entra rápido. Alguien discute en la puerta. Enfermeras, médicos que corren en esa frontera difusa entre el juramento y el agotamiento. Una mano enguantada sostiene una vía que no termina de entrar. Una mirada de cansancio cruzada con otra, apenas un segundo, antes de seguir. Son los herederos de los pioneros. La misma batalla.

Dejo la sala amanecida. Mi amigo se fue hace rato con sus propios pies. Camino por Castelli y llegando a San Martín, me acompaña el fantasma dulce del pan recién horneado de la panadería de Vargas. El sol es apenas una línea sobre el horizonte de Trenque Lauquen, pero no voy a ser yo quien le enseñe al sol a manejar el cielo.

Los árboles de la plaza dan la misma sombra que cuando la salud funcionaba en la casa de los Menvielle o en el Sanatorio Argentino. El pasado está lejos, pero los nombres permanecen. Hay mucho de aquellos hacedores en el aire que respiro. El frío aprieta y apuro el paso de regreso a casa.

(*) Hospital de Misericordia. El nombre anterior.