Cada quien con su vereda
Especial para MiTrenque
28/02
Hay una física cuántica que solo entendemos los que caminamos la ciudad después de una lluvia: la baldosa floja. Es, quizá, el primer recordatorio de que la vereda es un territorio de límites curiosos; un espacio de paz que requiere acuerdo constante, y donde cualquier avance unilateral (un pozo, un auto mal estacionado) se convierte en conflicto.
Un guardián con balde y escoba
Para el vecino de Trenque Lauquen, la vereda no es solo cemento; es el campo de batalla donde cada mañana se intenta ganarle la pulseada a la arena original o a los desechos "tordísticos". Pero ojo, que la ley se pone mística y nos nombra "guardianes". Esta figura del Código Civil suena heroica, pero tiene su filo ya que si una baldosa decide independizarse y alguien tropieza, el "guardián" es quien debe responder.
No es que seamos dueños del espacio (que es de libre tránsito), pero sí somos los dueños exclusivos de la obligación de mantenerlo sano. Es ese extraño limbo donde algo es tuyo para arreglarlo, pero de todos para usarlo.
El que vive pero no decide
¿Y qué pasa con el inquilino? La ley lo obliga a mantener la vereda, pero el dueño es quien debe autorizar la obra o poner el dinero. De ahí la paradoja del pobre inquilino que debe cuidar pero no siempre tiene el poder de arreglar, y el que tiene el poder, el dueño, suele ausentarse seguido.
El que pisa la baldosa floja todos los días mira hacia arriba y espera... Mientras tanto, desarrolla reflejos de bailarín.
Entre mi frente y tu calle
En nuestra ciudad, para que la mejora llegue, hace falta que el 70% de los vecinos se ponga de acuerdo y decida financiar la obra. Es un ejercicio de fe colectiva. Sin embargo, una vez que el asfalto brilla frente a casa y terminaste de pagarlo, ocurre la magia del espacio público:
- Legalmente, no tenés derecho de reservar ese lugar para tu auto.
- El asfalto que financiaste pasa a ser un bien de todos.
- Tu gran victoria es autoproclamarte "un ciudadano que aporta para el crecimiento"... y bueno, que el garaje sea respetado; el resto es territorio de la comunidad.
El arte de no privatizar
A veces caemos en la tentación de "privatizar" con obstáculos o subiendo el auto a la vereda, como si fuera una extensión del living. Y sí, claro, esto pone a prueba nuestra capacidad de adaptarnos a una ciudad más accesible para todos: para quien camina, para quien usa silla de ruedas o para quien empuja un cochecito de bebé. Cuidar la vereda como si fuera propia, sabiendo que es de todos.
La baldosa cívica
Al final, la baldosa floja es nuestro propio guardián de conciencia cívica. Cada vez que la pisamos y evitamos que nos salpique, participamos de un juego donde sabemos que la solución definitiva nos corresponde. Pero mientras tanto, desarrollamos esa coreografía urbana para esquivarla, cruzamos los dedos y aplicamos un poco de filosofía doméstica: después vemos cómo la arreglamos. Pero mientras tanto, recemos para que no llueva.
(*) Tu vecino dixit, barré tu parte