Domingo 14 de junio de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
PERSPECTIVAS

Día del Periodista: El mejor oficio del mundo

Día del Periodista: El mejor oficio del mundo 07/06

Mi vida rumbeó hacia el periodismo porque quería hacer preguntas. Y ningún oficio/profesión habilita tanto la pregunta como éste, así que intuí que por ahí iba la cuestión.

Tuve suerte. Mucha. Cuando estaba cursando Ciencias de la Comunicación en la UBA desembarqué en la cátedra de Edgardo Silberkasten y, al final de la cursada, me ofreció una pasantía en el diario El Cronista Comercial. Él era secretario de Redacción y yo una estudiante del interior que trabajaba como niñera. Acepté, claro.

El ingreso a esa redacción, en 1994, se sintió como el descubrimiento de un mundo nuevo, fascinante y desconocido. Era un diario admirado, que había sentado las bases del periodismo de especialización en economía, finanzas y negocios.

En ese momento el diario pertenecía a Eduardo Eurnekian, quien lo había integrado a su multimedios. El periódico buscaba competir en el segmento de los diarios generalistas, pero sin resignar su perfil económico. Eran tiempos de expansión, diversidad y pluralismo. Convivían grandes plumas de todo el arco ideológico y en el medio del frenesí de esa planta abierta con peceras de vidrio desde donde los jefes podían observar y ser observados libremente, había tiempo para acalorados debates.

Fue una de las primeras redacciones que reemplazó las máquinas de escribir por computadoras y el mismo año de mi ingreso se lanzó la página web del diario. El sitio Cronista.com fue pionero entre los medios gráficos del país. El director era Néstor Scibona.

Me mandaron a lo que llamaban “la escuelita”: la sección Información General, una isla en un medio económico financiero, cuyos jefes eran Alejandro Di Giacomo y Daniel Aller. Estaba conformada por los periodistas Aníbal Mendoza, Alejandra Rodríguez Ballester, Renata Rocco Cuzzi, José Totah, Martín Becerra y Viviana Álvarez. Tremenda escuela, “la escuelita”.

En Información General se alumbraban las reputadas contratapas del diario. Un día, tras interminables reescrituras y minuciosa edición, llegó el honor de la publicación. Mi primera contratapa era sobre el lugar de las mujeres en puestos directivos, techo de cristal y salarios.

La consigna era clara, se podía abordar prácticamente cualquier tema pero siempre con los números del fenómeno o la situación como norte.

De eso se trataba el periodismo que se cultivaba en El Cronista, una creciente especialización. Me tocó ejercerla en distintos rincones, desde política hasta finanzas, cuando el diario quedó en manos del grupo español Recoletos. Por ejemplo, en esta última sección mi área de cobertura se limitaba a los temas vinculados a ART, AFJP y seguros. Un nicho muy específico.

Luego fui editora del suplemento Pyme y allí nació una admiración que perdura por los emprendedores argentinos.

Mientras tanto, escribí para diferentes revistas y co-conduje más de tres años el programa de radio con Nino Fernández en AM Argentina. Pero salvo algunas notas inolvidables para Clase Ejecutiva que me llevaron a viajar por distintos países y permitían vuelos más libres, dentro de El Cronista cultivé el periodismo especializado.

En 2013, luego de vivir 25 años en Buenos Aires, mi proyecto de vida me devolvió a mi ciudad natal y la profesión tal como la conocía se puso de cabeza. Tuve que aprender todo de nuevo. En primer lugar, llegué a un medio completamente desconocido: la televisión. Estudié oratoria, fui a interminables sesiones con una fonoaudióloga, tomé clases de canto y hasta de danza para acomodarme al medio audiovisual.

De mi cómodo y previsible lugar de la especialidad fui arrancada para siempre. Tuve que saber estar lista para entrevistar a un futbolista, un concejal, un productor agropecuario, un vecino con un reclamo por una vereda, un escritor, un docente, un jugador de polo, un director de teatro o un tallerista de la biblioteca Rivadavia, todo en una sola jornada, todo para el noticiero de ese día.

Debí memorizar nombres y rostros, conocer trayectorias, cultivar contactos y bucear historias pasadas. No sólo de Trenque Lauquen sino de la región. Tuve que adaptarme a la multiplicidad de tareas. Producir los contenidos, hacer las notas con el móvil, trabajar mano a mano con el editor, buscar imágenes. Y, además, salir al aire. La adrenalina del vivo no se parecía a nada de lo que conocía, una verdadera arena movediza.

Recuerdo una tarde en la que Mariela Nazar, en la vieja redacción de La Opinión, me dijo: “Hacer periodismo

en el interior es mucho más difícil que en las grandes ciudades. Porque acá todos nos conocemos y nos

cruzamos en todos lados. Y aún así hay que ser periodista”. Tenía razón.

Un párrafo aparte merecen los colegas de Trenque Lauquen y de la región. Mi respeto hacia ellos sigue creciendo, porque abrazan su vocación con un esfuerzo y compromiso únicos. Ellos sí saben afilar la mirada, la palabra y la reacción en las condiciones más adversas y con bajo reconocimiento económico.

Este repaso de mi camino como periodista me lleva otra vez a 1994, cuando a poco de entrar en El Cronista me enviaron a cubrir un Seminario para Intendentes en Iguazú, dictado por académicos de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. La primera noche, después de la cena, mientras bailaba con torpeza un chamamé con un profesor de Harvard en una terraza frente a las cataratas, me dije: Es la mejor profesión del mundo.

Hoy, más de tres décadas después, lo sigo pensando. Y lo agradezco cada mañana, cuando a las 6 AM cruzo la puerta de Canal 12 con todo el noticiero por hacer. Nuevamente desde cero, como cada día.

Aclaración: Ni una sola de estas palabras fue escrita con inteligencia artificial. Jamás imaginé que una aclaración así debía ser hecha. Pero el mundo en el que vivo me sigue sorprendiendo y me inquieta esta tendencia a dejar que algo más piense, escriba y cree por nosotros.

Larga vida al periodismo.