La ternura se niega a ponerse corbata
Título: Notas Ignotas
Autor: Jorge "Alemán" Azpiróz
Editorial: Editorial Gráfica América
Año de publicación: 2025
Por Mariela Nazar / lectora
Especial para MiTrenque
Jorge "Alemán" Azpiroz escribe desde la mesa de al lado, se ríe de sí mismo primero, y elige el abrazo como acto de resistencia. Una reseña sobre un libro que no se avergüenza de lo que siente.
"Uno escribe para aprenderse, para conocerse", dice Jorge "Alemán" Azpiroz en el prólogo de Notas ignotas. Y uno lo siente desde la primera línea: este libro no está escrito desde un escritorio lejano, sino desde la mesa de al lado, como quien te palmea el hombro después del segundo fernet y te dice "dejame que te cuente". El "je, je", el "viste", el "bueh" no son muletillas ni descuidos editoriales, es la manera de alguien que se niega a ponerse corbata para hablar de lo que siente.
Esa negativa es, ya desde el arranque, una declaración de principios. La voz está al lado tuyo, no enfrente. Duda, se equivoca, tiene una suegra con tres perros de yeso y una tarjeta que nunca termina de pagar. Y desde ese lugar compartido, se ríe. Se ríe para pensar, para no llorar, para no volverse amargo. Es la risa del que se compra un cepillo eléctrico y termina peleándose con él; del que pide un crédito para pagar otro crédito y desayuna comida macrobiótica mientras escucha a Arjona en calzas fluorescentes. Se ríe de sí mismo primero, siempre primero. Y eso es lo que hace que le creas. Que cuando después te hable del hambre, de la desigualdad, de los que no tienen mantel, no suene a sermón sino a confesión. Porque está adentro de la misma trinchera embarrada donde estamos todos.
Y ahí viene lo más difícil, lo más valiente: la emoción sin vergüenza. En una época que premia la distancia irónica, el desapego, el cinismo como forma de inteligencia, Alemán escribe sobre abrazos. Sobre el padre que se vuelve viejo y un día ya no está. Sobre el olor del pan de la abuela, sobre la guitarra rayada que valía más que todos los reinos. Sabe que lo pueden llamar ingenuo, sensiblero, infantil. Lo anticipa, lo nombra, y persiste.
"La vida nace en los abrazos", titula una de sus notas. Elegir la ternura en un mundo que mercantiliza los afectos es un acto de resistencia callada, porfiada, que no precisa banderas.
Lo hace, además, desde lo más chico. Un banco de plaza despintado. Un estofado burbujeando en la olla de la abuela. Los mosquitos de enero. Un celular que no deja de vibrar.
Cada objeto doméstico se vuelve una puerta hacia algo más grande. Uno entiende entonces que Alemán describe el mundo desde el pueblo. Trenque Lauquen no es un límite, es una plataforma. El banco de esa plaza —ese que "descansa de la vida sin dejar de vivirla"— es todos los bancos donde alguien lloró o se enamoró. El Citroën desvencijado es todos los autos donde una familia fue feliz. Desde lo mínimo, lo enorme.
Y para que nada se pierda, acumula. Lista canciones, refranes, especias, nombres de guisos, de insectos, de tipos de abrazos. Es la voz del que sabe que el tiempo borra y quiere guardar todo, nombrar todo, que no quede nada sin decir. Pero esas listas son un inventario de la memoria colectiva argentina. Cuando nombra el matambre, la zamba del laurel, el vermut en el club o los personajes de los pueblos, está armando un archivo de lo que fuimos y de lo que nos sigue haciendo humanos.
Porque debajo de todo, siempre, está el tiempo. Los viejos que se ponen viejos. Los hijos que crecen y un día ya no precisan que los lleves en andas. Los pueblos que se van quedando solos como los trenes. Cada nota es un intento de atrapar un instante antes de que se lo lleve la corriente, de embotellarlo en palabras y regalárselo al que lee.
Y sí, hay política. Hay conciencia de la injusticia, del consumismo que nos vacía, de la discriminación que lastima. Pero la voz no se coloca afuera para señalar con el dedo. Se reconoce adentro. Pide créditos, compra cosas inútiles, cae en las mismas trampas. Esa honestidad la salva del discurso y la deja en el lugar de la confesión compartida, que es donde uno realmente escucha.
Sabe, además, que todo esto es frágil. Que las palabras se las lleva el viento, que el diario de mañana envuelve el pescado, que los libros juntan polvo en una repisa. Y sin embargo escribe. "Para entretener la vida, o para distraer la muerte... o viceversa, je, je."
Quince años de notas quincenales no hacen un libro: hacen una vida compartida. La voz de Jorge no es la de un escritor que observa el mundo desde una ventana. Es la de un vecino que vive en el mundo, con las mismas deudas, los mismos miedos, los mismos mosquitos zumbándole en la oreja a las tres de la mañana. Un vecino que decidió que contar todo eso —con humor, con ternura, con desparpajo, con una guitarra desafinada al fondo— era su manera de decir:
Estuve acá. Los quise. Y valió la pena.