Martes 11 de agosto de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
PERSPECTIVAS

Cuando desapareció el sol en el pueblo

19/06

Primero desapareció el sol.

Trenque Lauquen, verano de 1891. Un pueblo de frontera, fundado apenas quince años antes, enfrentaba una invasión que parecía bíblica.

El 21 de diciembre de 1891, alguien escribió desde Trenque Lauquen a las autoridades de La Plata. La nota no tiene firma. Pero transmite urgencia.

“Hace tres días está totalmente invadido por la langosta este Partido. Nos encontramos sin recursos pecuniarios. Se está combatiendo prendiendo fuego los campos.”

El texto agrega un reproche que ya parece parte de la historia del interior:

“Este Partido fue el primero en haber dado el alerta. Es, sin embargo, el menos atendido por esa Comisión Central.”

Quizá porque, agrega la nota, "no se ha hecho atmósfera con telegramas".

Trenque Lauquen había avisado antes que nadie. Y nadie llegaba.

No era un problema local. Ese mismo verano las mangas avanzaban sobre buena parte del centro y norte argentino. Los gobernadores hablaban de horizontes oscurecidos y trenes detenidos por millones de insectos aplastados sobre las vías. Pero en cada pueblo la batalla era la misma: peones, fuego, zanjas y desesperación.

. La máquina de guerra vecinal

No había insecticidas. No había aviones. Había palas, fuego y una sola certeza: si no se organizaban, la plaga se comía todo.

La Municipalidad formó una Comisión local. La presidía Mariano Chaumeil. Lo acompañaban Juan C. Andrade, Francisco Olavarría y Benito Palmaz. Los vocales eran una lista de apellidos que después serían calles: Camilo de Cousandier, Simón Aznar, Casiano Garnica, Emilio Garibaldi, Felipe González, Emilio Santú, Pedro Videla, Tristán Castro y Juan Recart.

En cada cuartel del Distrito se armaron subcomisiones. Desde Santa Cándida, el 29 de noviembre de 1891, el alcalde Teodoro Reyes informaba que había “langostas netonas” en el paraje El Chañar. La palabra netona viene del campo. Significa que todavía no vuela. Es el momento de atacar.

. Lo que no respetaban

Los testimonios de la época describen algo que hoy cuesta imaginar.

“La voracidad de la saltona era incontenible. Llegaban a triturar cuanta materia orgánica vegetal hallasen, aun la madera de los muebles y las ropas.”

Las mangas avanzaban durante horas. A veces durante días. Oscurecían el cielo.

Los cronistas de entonces anotaron incluso una curiosidad: devoraban casi todo. Parecían respetar únicamente las hojas del paraíso.

Cuando las mangas se veían venir, el chacarero salía con su familia, sus peones y sus vecinos. Golpeaban tachos como tambores improvisados. El ruido, pensaban, podía espantarlas antes de que descendieran sobre los sembrados.

Era un gesto desesperado. Y casi inútil.

. La recompensa y la zanja

El gobierno nacional, a través de Estanislao Zeballos, derivó el problema a la Comisión Provincial. Pero la ayuda tardaba.

Entonces la gente hizo lo que pudo.

No se combatía solamente una plaga. Se combatía una forma de hambre.

Mujeres y niños salieron a juntar el desove de la langosta. El municipio pagaba veinte centavos el kilo de huevos recolectados. Poco. Pero era algo.

Los campos ardían. Era la forma más rápida de destruir las mangas asentadas. El humo llenaba el horizonte.

El dueño de la colonia General Paunero envía una nota:

“He hecho suspender la siembra del maíz para emplear toda la gente y útiles en la destrucción de la langosta.”

El documento agregaba un dato clave:

“Donde mayor número de huevos se encuentra es en los caminos y orillas de rastrojos.”

No había más remedio que arar los caminos. Enterrar el desove.

Y también vigilar las vías del tren. Hasta la estación Beruti, advertían.

. El año que no terminaba

La plaga fue cediendo. Pero tardó en desaparecer.

Las cosechas de 1894, 1895 y 1896 fueron pésimas. Las nubes de langosta seguían recorriendo amplias regiones del país.

El viajero Charles Wiener dejó una imagen que parece salida de una pesadilla:

"Las locomotoras patinaban sobre las langostas aplastadas. Durante nuestro viaje a Rosario se enterraba diariamente un promedio de 35.000 kilos de saltonas."

El flagelo fue devastador.

Pero la vida siguió. Los pueblos crecieron.

Hoy sobreviven en cartas, actas y periódicos.

Viejos papeles que cuentan que hubo un tiempo en que el cielo desapareció sobre Trenque Lauquen.

 

(*) Mirar al cielo sin miedo fue la cura por la tierra quemada.

 

Fuentes: Archivo Municipal de Trenque Lauquen; Archivo del Juzgado de Paz; documentación histórica de la Comisión Central de Defensa contra la Langosta (1891-1892).