Sábado 10 de octubre de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
PERSPECTIVAS

El cielo que cantábamos

El cielo que cantábamos 15/08

Por Shandal (*)

Especial para MiTrenque

 

La Marcha de San Lorenzo es de 1901. Música de Cayetano Alberto Silva, letra de Carlos Javier Benielli. San Martín murió en Boulogne-sur-Mer en 1850. Nunca la escuchó. Ni él, ni nadie que cruzó los Andes, ni nadie que estuvo en Maipú.

Eso que suena en los actos del 25 de Mayo, con las bandas militares alineadas, es un eco que llegó cincuenta años tarde. Es hermosa, sí. Pero es de otro siglo.

Entonces, ¿qué sonaba?

Para saberlo hay que entrar a El Plumerillo. Mendoza, 1816. Un pueblo de adobe levantado en las afueras de la ciudad para que cinco mil hombres aprendieran a ser ejército. Cañonazo al amanecer, formación, ejercicios, comida de maíz y tasajo, limpieza de armas, lista a las diez de la noche.

Y en medio de todo eso, un hombre con una guitarra.

No es una metáfora. Es un dato. El coronel Félix de Olazábal dejó escrito que San Martín, después de elaborar planes de combate y trazar mapas, pedía su guitarra. No la banda. No el tambor. Su guitarra.

Había sido alumno de Fernando Sor, uno de los grandes guitarristas y compositores españoles. La música estaba en él.

Y tocaba.

No solo por refugio privado, sino por la convicción estratégica de que la música en el ejército resultaba indispensable. El ejército tenía dos bandas. No eran decorativas: marcaban órdenes en batalla y levantaban la moral. San Martín las quería afinadas y las reprendía si desafinaban, incluso bajo fuego.

El repertorio de las bandas tenía mucho de la música europea que ya había echado raíces en Buenos Aires y sonaba en las tertulias: valses, mazurcas, marchas. Pero San Martín advirtió que esa música, aunque familiar en los salones, no era la de sus soldados y paisanos. Y empezó a hacer sonar la que ellos conocían, la que traían de sus pueblos, de sus pagos.

Una de las bandas estaba formada por negros africanos y criollos. Rafael Vargas, hacendado de Mendoza, había enviado a dieciséis de sus esclavos a Buenos Aires para que estudiaran música. En 1816 donó la banda al Ejército de los Andes. Para aquellos hombres significó la libertad. Cruzaron la cordillera con clarines y tambores, y desde la cuesta del Valle Hermoso, al divisar el territorio chileno, tocaron nuestro Himno.

San Martín no se conformó con llevar músicos. Antes de embarcarse rumbo a Lima, fundó en Santiago una Academia de Música, con cincuenta alumnos.

Pero volviendo a los campamentos, cuando terminaba el día, quedaban los fogones, guitarras, voces y bailes. Cielitos, tristes, gatos, cuecas, tonadas. Y entre todo eso había una forma especialmente sencilla de contar lo que pasaba.

El cielito.

Octosílabos. Cuatro versos, estribillo, otra copla.

Cada quien podía contar lo que había pasado. O lo que quería que pasara. O una burla al español que todavía estaba del otro lado de la cordillera. Todo con guitarra. No era poesía elevada. Anónimo, fácil de memorizar, imposible de controlar. Un verso se armaba en una noche y llegaba cambiado al otro valle.

El cielito ya existía antes de 1810. Pero la Revolución lo convirtió en una manera popular de contar la guerra, las victorias, los enemigos y la independencia.

Y entonces aparece Bartolomé Hidalgo.

Nació en Montevideo en 1788 y murió pobre en Morón, en 1822. Encontró su público entre los paisanos y su voz en la palabra que ellos hablaban. Sus versos circularon en hojas sueltas que se leían en voz alta para quienes no sabían leer. La lengua popular entraba así en la literatura. Y entraba cargada de política.

Cuando Maipú termina —5 de abril de 1818, polvo, sangre en el arroyo, Osorio que se pierde entre la derrota—, alguien tiene que contarlo antes de que se enfríe.

Hidalgo lo hace como si fuera un paisano anónimo. Titula su poema Cielito patriótico que compuso un gaucho para cantar la acción de Maipú.

Un gaucho. No él.

Como si el poeta desapareciera detrás de una voz que ya pertenece a todos.

Empieza:

No me neguéis este día

cuerditas vuestro favor,

y contaré en el Cielito

de Maipú la grande acción.

 

No dice "relataré los hechos". Dice contaré.

Y cuenta la victoria como la cuenta el pueblo:

Cielo, cielito que sí,

cielito de Chacabuco,

si Marcó perdió el envite,

Osorio no ganó el truco.

 

No es el parte oficial. Es mejor. Es la burla justa.

La mejor manera de decir que ganamos es decir que el otro perdió mal.

En otro cielito, dirigido esta vez directamente al rey, hay una estrofa que resume por qué el género podía ser mucho más que una canción:

Lo que el Rey siente es la falta

de minas de plata y oro;

para pasar este trago

cante conmigo este coro.

 

Cielito, digo que no,

cielito, digo que sí;

reciba mi Don Fernando,

memorias de Potosí.

 

La burla es popular, pero la memoria es profunda.

En ocho versos explica tres siglos de saqueo. Sin solemnidad. Cantando.

Y hay otro, el Cielito de la Independencia. El que nombra aquello por lo que se pelea:

Si de todo lo criado

es el cielo lo mejor,

el cielo ha de ser el baile

de los Pueblos de la Unión:

 

Cielo, cielito y más cielo,

cielito siempre cantado,

que la alegría es del cielo,

del cielo es la libertad.

 

El cielito no era solo música. Era el modo en que una comunidad se contaba a sí misma lo que le pasaba. Era la burla justa, la que no necesita permiso, la que se canta.

Nuestra banda sonora cambió.

Hoy nos queda la marcha, que es muy linda, pero perdimos el cielito que era nuestro.

Y por eso, doscientos años después, todavía vale la pena imaginarlo en El Plumerillo, cuando los mapas se enrollaban y el día se terminaba.

Pedía la guitarra.

Y tocaba.

 

(*) Del salón europeizado al fogón popular: también así se americanizó la música.