El hogar en otro pago
05/09
Por Shandal
Especial para MiTrenque
Cuando se habla de inmigrantes, casi siempre pensamos en quienes llegaron desde lejos, cruzando un océano. Italianos, españoles, franceses, ingleses. Hombres y mujeres que dejaron atrás una tierra conocida para probar suerte en otra.
Pero hubo otros viajes. No cruzaron el océano. Cruzaron provincias.
En el Trenque Lauquen de fines del siglo XIX, una parte de quienes llegaron para quedarse venía desde Santiago del Estero. Y no eran pocos.
El Censo Nacional de 1895 registró, para la amplia región urbana y rural con epicentro en Trenque Lauquen, 11.704 habitantes. Entre ellos había 369 santiagueños, que formaban el quinto grupo de procedencia después de los bonaerenses, españoles, italianos y franceses. Había también uruguayos, cordobeses, puntanos, santafesinos, ingleses, alemanes y vecinos llegados desde otros puntos del país.
Seis o siete años después, otro registro permite dimensionar mejor aquella presencia. Entre el 1° de mayo y el 14 de agosto de 1902, el Juez de Paz de Trenque Lauquen empadronó a los ciudadanos argentinos de entre 19 y 45 años que debían enrolarse según la nueva legislación sobre servicio militar. Según el recuento de Juan José Estévez, fueron 1.268 —no estaban incluidas las mujeres, los menores de 19, los mayores de 45 ni los extranjeros.
Y ahí aparece de nuevo Santiago del Estero. Entre aquellos hombres, 206 eran santiagueños. La provincia ocupaba el segundo lugar, muy lejos de Buenos Aires pero por encima de todas las demás.
Los unía la necesidad de encontrar dónde vivir y dónde trabajar.
Santiago del Estero venía de atravesar transformaciones profundas. A las sequías prolongadas y la salinización de los suelos se sumó el derrumbe de la industria azucarera —cayó el precio del azúcar, cerraron ingenios, una parte de los trabajadores quedó desplazada—. Después llegaron cambios en los cultivos y en las formas de trabajo. Tierras antes dedicadas a la ganadería fueron mensuradas, parceladas y vendidas; el trabajo rural se transformó y la vieja economía doméstica fue dejando lugar al trabajo asalariado.
La gente se movió. No todos fueron a Buenos Aires; algunos doblaron hacia el oeste. Y una parte llegó al oeste bonaerense.
No sabemos qué vio el primer santiagueño cuando llegó a Trenque Lauquen. No sabemos dónde durmió, qué fue lo primero que comió, quién le dio trabajo ni cuánto tardó en dejar de sentirse recién llegado. Pero podemos imaginar el paisaje: una ciudad joven, nacida apenas unas décadas antes, rodeada todavía por una extensa campaña, donde había que trabajar, sembrar, arar, cosechar, construir.
Quizás alguno llegó solo. Tal vez otros siguieron a un pariente o a un vecino. Alguien parte, encuentra un lugar posible y, cuando puede, abre camino para los que vienen detrás.
Por eso el mapa de aquellos 206 santiagueños dice algo más que un conjunto de números. Dice que una ciudad se construye también con gente que llega desde lejos con un apellido, una memoria, una manera de hablar, una comida, una canción y la esperanza —a veces apenas eso— de que la vida pueda ser mejor en otro pago.
Quizás, en alguna trilla de aquellos primeros años, entre el ruido del trabajo y el polvo de los caminos, alguien haya silbado una vidala. Quizás una mujer haya amasado unas tortas como las que hacía en Santiago. Quizás alrededor de un mate se haya hablado de un río, de una sequía, de una casa que había quedado lejos.
La ciudad también se hizo con esas voces. Con gente que llegó desde muy lejos y aprendió, con el tiempo, a llamar pago al lugar que había dejado atrás y hogar al que acababa de encontrar.
Fuente: Bonaerenses si, Santiagueños también de Juan José Estévez.