Domingo 14 de junio de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
PERSPECTIVAS

La conquista del agua

Hay una llanura adentro que no es metáfora

Por Shandal (*)
Especial para MiTrenque
La conquista del agua 28/03

Entre 1876 y 1930, Trenque Lauquen era un poblado que se medía en brazos.
Brazos para cavar. Brazos para tirar. Brazos para fregar hasta que la piel se abría.

El jagüel —un pozo ancho, de uno a dos metros de diámetro— se hacía a pico y pala hasta tocar la napa. A veces a tres metros, a veces a ocho. El balde podía ser de cuero cosido con tientos o de zinc. El de cuero se pudría cada dos años; el de zinc duraba, abolladuras mediante. La soga de cáñamo, mojada, pesaba el doble.

Del jagüel a la casa no había misterio, el agua se sacaba con los brazos de los chicos. Desde los siete u ocho años, ocho o doce baldes por día —quince, veinte kilos cada uno— para tomar, cocinar, lavar lo mínimo. Los mismos brazos que, más tarde, fregaban con el agua helada y el jabón casero de grasa y soda cáustica. Igual, el agua salobre dejaba las sábanas tiesas y la ropa oscura veteada de blanco.

  • Los artesanos del pozo

En ese pueblo hecho a pala, el pocero bajaba con una soga a la cintura. Cavaba hasta diez metros. Sin casco. Sin nada. El suelo arenoso —ese que hacía fácil cavar— también se desmoronaba sin aviso. Por metro cavado se ganaba el pan. Por derrumbe, la sepultura.

Porque la trampa del patio era esa, la misma arena que permitía llegar a la napa dejaba pasar todo. Cuando llovía fuerte, lo que la letrina filtraba terminaba en el jagüel. El agua salía fresca, pero la sed venía mezclada con el residuo. Tifus, cólera, diarreas infantiles. Los médicos lo sabían, el agua traía la enfermedad.

  • La sed de agua dulce

El agua era nitrosa, salada. Así que el pueblo aprendió a rastrear el dulzor. En cada barrio había "el vecino de la buena napa", ese que, por un capricho de la geología, tenía un pozo distinto. Allí se iba con la damajuana para el mate. No se cobraba, pero se retribuía —una gallina, ayuda en la cosecha.

Para los que no tenían ese vecino cerca, aparecía el aguatero de las quintas. Eran particulares con suerte, habían puesto su pozo en los médanos altos de las afueras, donde la arena filtraba mejor y el agua se guardaba dulce. Cargaban tambores de doscientos litros en carros tirados a caballo. Cinco o diez centavos el tacho, un lujo medido. Esa agua se reservaba como oro para la olla y el guiso. Para todo lo demás, agua salobre o nada.

  • La gimnasia del agua

En los años 30 y 40, darle a la manija era una rutina ineludible de la vida doméstica. Sin tanques elevados, el agua obedecía a la gravedad. El fuentón se llenaba junto al bombeador y se acarreaba a pulso. Treinta, cuarenta vueltas. Para llenar la pileta de la bomba...un buen rato, cambio de brazo, descanso, mate, otra vez, y así…brazos de hierro. Literalmente.

  • La Usina del Pueblo

La luz llegó después. Antes, el querosén y los cortes de la empresa extranjera SUDAM, voltaje que subía y bajaba, velas cuando se cortaba. Los vecinos se juntaron, pusieron plata, compraron generadores usados. No buscaban confort, apenas alumbrado público para dejar atrás las lámparas a mecha. Esa conquista haría posible, años después, el agua movida por motor en cada patio.

  • El zumbido nuevo

En la década del 50, el silencio de los patios se llenó de un sonido distinto. El motor acoplado al bombeador. Medio caballo de fuerza que evitaba la manija y subía el agua a los tanques. Antes de la Usina, el campo era silencio, viento, pájaros, algún carro.

Después, llegó el zumbido de los motores eléctricos que chupaban agua de pozos más profundos —quince, veinticinco metros. Los días de pampero, cuando el viento venía seco del oeste y levantaba la arena, el motor sonaba distinto. Tal vez era solo el viento. Pero era así. El aparato iba cubierto con una especie de cajón de chapa, cerca del tanque. Había que cuidarlo. Si la napa bajaba en los veranos bravos, "chupaba en seco" y el bobinado podía quemarse. En los inviernos de heladas negras, se lo cubría con arpillera o cajones para protegerlo. Así, el motor seguía zumbando debajo, como un animal hibernando.

  • La revolución de la serpentina

Con el agua subiendo sola, el confort entró al baño. Fue el tiempo de los tanques de fibrocemento en el techo y, con ellos, el milagro del calefón de serpentina. El adiós definitivo a los peligrosos calefones de alcohol, esos tachos temperamentales que había que encender con cuidado y que apenas entregaban un chorro tibio y amarrete. Con la serpentina, el agua corría por el laberinto de cobre y salía humeante, transformando el baño en un alivio cotidiano.

  • El sistema empieza a quedar chico

El motor sacaba más agua, más rápido, de más profundo. Pero seguía siendo salobre. El modelo doméstico tenía un límite, el agua era difícil de obtener e irregular en calidad. Cuando alguien cavaba un pozo muy profundo, "le robaba" agua al vecino. Pleitos, enemistades, candados en los brocales.

El pueblo ya no cabía en su propio patio. El esfuerzo individual había llegado a su techo y los pozos empezaban a dar señales de agotamiento. Al suroeste, en la calle Pincén, un gigante de hormigón estaba a punto de empezar a crecer para cambiar la historia en Trenque Lauquen. n (continuará…)

(*) No entiendo por qué me sonrío cuando me acuerdo de la bomba.