LA CONQUISTA DEL AGUA / II PARTE Y FINAL.
La Copa y el Vaso
En la primera parte de esta historia contamos cómo Trenque Lauquen pasó del balde de cuero al bombeador eléctrico. Aquí, el final del camino: la Copa que cambió todo, el ingeniero que casi se arruina, y el agua dulce que llegó después de cien años.
Especial para MiTrenque
03/04
Había que verlo a Puleo, en 1973, mirando hacia arriba. El fuste ya estaba. Treinta metros de hormigón que subían como un dedo apuntando al cielo pampeano. Pero faltaba lo más difícil: la copa. Un millón de litros de agua que Trenque Lauquen llevaba esperando desde que tenía memoria. El problema era simple y brutal: los andamios de madera no aguantaban el peso. El encofrado, el hierro, el hormigón fresco... todo eso junto era demasiado. Y sin andamios, no había copa. Y sin copa, la ciudad seguiría sacando agua salobre de napas contaminadas, como venía haciéndolo desde 1876.
"Seguimos esperando las aguas corrientes", había publicado La Opinión tres años antes, en mayo del '70. Y era literal. Lo único que había en la esquina de Pincén y Avellaneda era un cartel anunciando la obra. Nada más. Un cartel muy lindo, eso sí.
- Cincuenta años de reclamo
La historia del agua en Trenque Lauquen era la historia de una pelea larga. Tito Vignau, allá por 1958, ya hablaba de traer agua desde Mari Lauquen.
El golpe militar que derrocó a Frondizi en 1963 dejó el proyecto en suspenso. El país tuvo una democracia frágil, condicionada por los militares, hasta que otro golpe —el de Onganía en 1966— la interrumpió de nuevo.
Trenque Lauquen, mientras tanto, seguía esperando el agua.
Entre 1950 y 1970, las obras sanitarias en Argentina fueron un desastre. Lo dice el archivo de OSN sin eufemismos: "niveles negativos de expansión, mantenimiento precario, reposición de elementos casi nula".
Mientras tanto, acá seguíamos con los pozos contaminados. Con el mate demasiado amargo y la pava que se llenaba de sarro en semanas. Con los chicos enfermándose de cosas que tenían origen simple: agua sucia.
Recién a fines del '71 se adjudicó la obra. Y a principios de 1972 empezaron a cavar en Mari Lauquen.
- El obispo y los andamios
Los arquitectos de Distar SRL, que dirigían técnicamente la obra, necesitaban un especialista en hormigón armado. Encontraron al ingeniero Jerónimo Puleo en Santa Rosa, donde estaba levantando un edificio de nueve pisos. Le ofrecieron subcontratar la estructura de la copa. Y Puleo dijo que sí.
La base fue pan comido. Tres vigas cruzadas sobre una platea, hormigonadas día y noche con una hormigonera que hacía las veces de planta. El fuste también salió derecho, con andamios de madera que se sostenían con el mismo hormigón que iban vertiendo.
Pero cuando llegaron arriba, a los treinta metros, la madera no sirvió.
Fue el obispo de Santa Rosa —en una de esas charlas que uno no sabe si son casualidad o providencia— quien le dio la pista. “Hablá con Brenda”, le dijo. “El tipo que armó la estructura del Congreso Eucarístico”.
Brenda tenía AMTA, una empresa de andamios metálicos tubulares. Y Brenda paseó a Puleo por todo el Gran Buenos Aires mostrándole obras donde la única solución había sido el metal. “Esto te resuelve el problema”, le dijo. Y tenía razón.
El tema era que AMTA cobraba por quincena. Cada semana que pasaba, la eventual ganancia de Puleo se iba diluyendo. Cuando terminó la obra, en 1974, se fue de Trenque Lauquen con las manos vacías. Solo le quedó la satisfacción de haber hecho lo que otros no podían.
- La gloria del vaso de agua
La Copa se habilitó entre el '74 y el '75. Un millón de litros, treinta metros de altura, caños de hierro fundido que traían el agua desde Mari Lauquen. Por fin, abrir la canilla no requería dar manija, bombear, rogar que el motor arrancara.
Arrastúa, cuando volvió como intendente en el 1983, sumó siete pozos más en Mari Lauquen e inauguró canillas públicas. Íbamos los vecinos de la cuadra y los medios que había. El intendente abría la canilla, se servía un vaso con agua, posaba para la foto, se lo tomaba. Nosotros aplaudíamos y nos íbamos. Felices. Teníamos agua.
En los años siguientes, cada intendente fue sumando metros de caño, pozos nuevos, estudios geológicos. Nadie heredó la red hecha; todos la fueron tejiendo, cuadra por cuadra, con la paciencia de quien sabe que el agua no se conquista de una vez para siempre.
Hoy, la Copa —con más de 50 años— necesita reparaciones. Es lógico. Es el ciclo natural de una ciudad que necesita conquistar el agua para nunca dejar de crecer.
(*) Detrás de la canilla, hay un siglo de pueblo.