Domingo 14 de junio de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
PERSPECTIVAS

La laguna que nos nombró

Trenque Lauquen, 1876. Antes del pueblo.

Por Shandal (*)
Especial para MiTrenque
La laguna que nos nombró 21/03

Villegas bajó del tordillo y olió el aire. La laguna estaba elegida, pero no se podía dormir a cielo abierto en territorio de Pincén. Los soldados no soltaron el fusil.

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Antes del primer rancho vinieron los fogones. Más de mil personas entre soldados y civiles, mujeres que habían viajado a la grupa, chicos que aún no sabían lo que era un malón. El atardecer olía a laguna, a pasto pisoteado, a humo de piquillín, al sudor de los caballos.

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El ingeniero polaco, Wysocki, pasó todo el día con el teodolito. Marcó catorce manzanas sobre la tierra pelada, y en el centro de una de ellas, un círculo de tierra apisonada con un cañón.

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Los peones santiagueños afilaron las hachas. En menos de un mes levantaron 64 ranchos para el Regimiento 3 en la manzana de la actual Iglesia, y otros 48 para el Batallón 2 en la que hoy es el Banco Provincia. Paredes de césped cortado a panes. Paredes vivas que, con la humedad, a veces vuelven a echar brotes. Menos la Comandancia, que sería la única construcción de ladrillos.

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A pocas leguas, Pincén. Ellos creen que están ordenando el desierto. No saben que el desierto ya tenía su orden.

- Cuentan sauces. Dicen que van a plantar setecientos.

El Cacique contaba movimientos. También tenía su comandancia, hecha de cueros y toldos, de rastros en la arena y de cada hueco entre los pajonales.

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El jagüel funciona. Un caballo tira de la soga. El balde sube pesado, chorreando agua. Es salobre. Siempre es salobre. Pero alcanza.

Los chicos se sientan en un rincón del cuartel donde un oficial que sabe leer les muestra unas marcas en un papel.

- Esto es la A.

- ¿Para qué sirve?

El oficial no sabe qué responder.

Van vestidos con lo que sea.

Los soldados usan botas de potro, cuero crudo, dedos libres para prenderse del estribo.

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Del otro lado, los chicos también aprenden. A leer el viento, a mirar la arena, a encontrar el agua sin tener que cavar.

También hay temor. Que un día el horizonte se llene de polvo y de jinetes que no son los suyos. Que el sonido que llegue no sea el kultrun.

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Charqui. Galleta dura que a veces hay que romper a culatazos. Cuando llega ganado fresco, asado a la estaca o puchero en ollas de hierro. Los soldados cazan mulitas, bolean ñandúes. Todo se baja con mate amargo. Ginebra, si hay.

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Del otro lado, la comida también es lo que hay. El ganado que se arrea, la carne que se quema apurada para no levantar humo, la sangre que se bebe cuando la sed aprieta y el agua no aparece. El gusto a tierra.

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No había campanas en el pueblo de barro. La fe se decía en un rancho entre otros ranchos donde hoy está la Parroquia. El capellán oficiaba con soldados haciendo guardia a metros del altar.

Del otro lado, el ruego ancestral suena en las noches. La voz de los viejos pidiendo a Nguenechén. La misma urgencia, distinta lengua.

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Después vino el asfalto, los delantales blancos, las campanas.

Pero antes estuvo ese primer invierno.

Del otro lado, ese mismo invierno.

Y en los médanos, Pincén custodiaba el mismo horizonte.

(*) La Comandancia se levantó donde hoy está el Palacio Municipal. El poder no se mudó de esa manzana en 150 años.