La tierra ajena
01/08
Por: Shandal (*)
Especial para MiTrenque
Carmen Granada escribió la carta en 1888. Era la viuda del coronel Conrado Excelso Villegas, fundador de Trenque Lauquen. No pedía caridad. Reclamaba lo que entendía le correspondía: un solar, una chacra y una quinta. El trámite se prolongó durante años. No hubo resolución favorable. Carmen Granada murió el 5 de julio de 1900, en Buenos Aires, a los setenta y tres años, sin que el Estado hubiera respondido a su pedido.
Si a la viuda del fundador no le dieron tierra, ¿a quién sí?
La pregunta tenía otra dimensión. La promesa hecha a los inmigrantes se construyó sobre tierras que ya tenían una historia. Tras la campaña militar, el Estado comenzó a vender, adjudicar y arrendar territorios que hasta pocos años antes habían pertenecido a comunidades indígenas. La historia del acceso a la tierra comenzó, para unos, con una oportunidad; para otros, con un despojo.
Pero había, además, una respuesta en los registros. Desde fines de la década de 1870, grandes extensiones comenzaron a pasar a manos de quienes llegaban con capital. En 1877, el español Vicente Pereda compró cuarenta mil hectáreas en el Cuartel Séptimo. En 1883, los franceses Luis Bousson y Faustino Trongé adquirieron otro establecimiento que tres años después quedó incorporado al partido. Los apellidos se repetían en las escrituras: Vignau, Darricau, Lanz, Azumendi. Eran los nombres de quienes podían comprar, no de quienes llegaban buscando una oportunidad.
En 1889, un italiano del Piamonte llamado José Guazzone compró veintidós mil hectáreas. Dividió casi diez mil de ellas en ciento veintiuna chacras, trajo colonos de Alessandria, les dio maquinaria y semillas. Pero les arrendó la tierra. Les fijó calendarios de siembra, modelos de producción y fechas de pago. Cuando las sequías, las langostas y las plagas arruinaron las cosechas de 1892, algunos no pudieron pagar la renta. Fueron desalojados. Reclamaron en La Plata. La justicia no les devolvió la chacra.
Eso era la Colonia La Luisa, fundada en honor a la hija de su propietario. Tierra con nombre de familia para familias que no eran propietarias.
En 1899, la Dirección General de Estadísticas realizó un relevamiento de las máquinas trilladoras existentes en el distrito. Había veinte. Doce hombres las poseían. Guazzone tenía cuatro. Recarey, tres. Ressia, tres. Los demás —Malatesta, Giménez-Posada y Cilley, Franco, Peiretti, Grego, Miralles, Bustamante, Mercado y Susperregui— tenían una o dos.
Los libros de la época los presentan como agricultores de avanzada, representantes del progreso agrícola que transformaba la campaña. Los datos permiten observar otra realidad complementaria: la mecanización también estaba concentrada en un grupo reducido de propietarios.
El sistema premiaba la escala. El 18 de diciembre de 1895, una nota oficial ofrecía a los colonos de los Centros Agrícolas completar un formulario para obtener "la rebaja de un veinticinco por ciento en los fletes". En junio de 1896, el Ministerio de Obras Públicas pedía a los municipios la nómina de los "grandes agricultores", para acercarles "los últimos conocimientos de la ciencia y la experiencia para la recolección de las mejores y más abundantes cosechas".
En 1899 y 1900, El Independiente publicaba propaganda comercial: guadañadoras y rastrillos "Ideal", de Deering, "para 1900". Modernidad a la venta.
Todo eso existía. Rebajas, ciencia, propaganda. Pero era para quienes ya estaban adentro.
El 5 de septiembre de 1900, el mismo diario publicó un aviso de remate. Juan José Etcheverry vendía campos. No decía el precio. No hacía falta. Los colonos que llegaban con las manos vacías, que habían dejado Europa creyendo en la promesa de una parcela propia, sabían que esos campos no eran para ellos.
Y cuando el gobierno intentó hacer algo más amplio, también encontró sus propios límites. Un decreto del Poder Ejecutivo destinaba a la colonización algunos lotes en Trenque Lauquen, Guaminí y otros partidos del interior. Pero quedó "sin efecto —por contrario imperio, como dicen los curiales—". La causa, según explicó El Independiente, era sencilla: esas tierras ya estaban arrendadas mediante contratos que vencían recién en 1902.
El episodio revelaba un Estado que anunciaba una política de colonización sobre tierras que ya no tenía disponibles para colonizar. "El afán de exhibición sirve —concluía el artículo— para exhibir también el desbarajuste que reina en ciertas regiones oficiales".
El historiador James Scobie describió cómo las pampas comenzaron a poblarse de casas rodeadas de eucaliptos y jardines al estilo europeo. La imagen era cierta, pero incompleta. Detrás de esas postales también existían familias que trabajaban tierras ajenas, esperando que el esfuerzo de una vida alcanzara, algún día, para comprar unas pocas hectáreas propias.
Tal vez esa sea una de las diferencias menos contadas de la colonización del oeste bonaerense. El desafío no consistía solamente en llegar. Consistía en dejar de ser arrendatario. Para muchos, esa tierra prometida nunca dejó de ser una promesa.
Carmen Granada murió en 1900 sin que el Estado resolviera su reclamo. Habían pasado doce años desde aquella carta. Si la viuda del fundador no consiguió una respuesta, la pregunta sigue siendo la misma: ¿a quién sí?
(*) La promesa era para todos; la propiedad, para pocos. Sobre una tierra que fue de otros.
Fuentes: Huellas, Municipalidad de Trenque Lauquen; El Independiente (1895-1900); La Otra Mirada de Lilian Marcos, Municipalidad de Trenque Lauquen; James Scobie, La lucha por la tierra en la Argentina.