Sábado 10 de octubre de 2026 Trenque Lauquen · Buenos Aires
Nadie tan cerca 29/08

Por Shandal

Especial para MiTrenque

 

Elisa tiene ocho años y un ojo negro. Llegó a la estación de Primera Junta caminando desde el campo de Llorens, y cuando tocó la puerta del jefe no pidió comida, pidió que no la devuelvan. Se quedó parada en el umbral. Sentarse, todavía, le parecía peligroso.

El hombre no sabía qué hacer con una niña. Sabía de horarios de tren, de cargas de lana, de telegramas. Sentó a Elisa en un banco de madera y escribió una carta al comisario de Trenque Lauquen. «Una niñita», puso. Que había huido de su casa, que la obligaban a dormir parada, que no podía acostarse ni sentarse y que la madrastra la amenazaba con pegarle otra vez si contaba.

Afuera, el campo era lo mismo de siempre, vasto, quieto, indiferente. El viento levantaba polvo entre las cinacinas y lo barría todo hacia el mismo lado.

 

En algún lugar de Guaminí, un juez de paz buscaba a otro chico que también había decidido que era más seguro caminar que quedarse.

Martín tiene quince años. Vive en Árbol Solo, cerca de la Laguna de la Leña. Su padre debe declarar por una causa por robo y desde Guaminí preguntan por él. Pero Martín no está en ninguna parte donde un juez de paz pueda enviar un telegrama. Camina por los bordes de los montes de tala, duerme donde puede, y sabe que el viento borra las huellas en menos de una hora. Después de un tiempo aparece en Trenque Lauquen, un territorio donde los caminos son más numerosos que las respuestas.

 

No son los únicos.

 

Una mujer dejó a sus dos hijas en la casa de un vecino. Fida tiene cinco años, Elena, siete. Y ya no están en su casa. Un alcalde levanta un acta. Las niñas quedan bajo el cuidado de otros, en una casa que no es la suya, esperando a que alguien decida qué hacer con ellas. La madre se fue. La casa de otro fue el lugar que les tocó.

 

Quince leguas. Eso había que recorrer desde Trenque Lauquen para llegar hasta el establecimiento de los Duva. La orden era embargar hacienda. Fueron el alguacil, el alcalde Antonio Rojas, un auxiliar y un tropero. Cabalgaron desde antes del amanecer. Cuando llegaron, Jacinto Duva estaba en la pulpería, sirviendo a un peón. Su hermano no estaba. Jacinto dijo que no podía abandonar el negocio hasta que regresara.

La justicia había llegado. Pero el hombre tenía que seguir atendiendo.

 

Y la gente estaba ahí.

Había ranchos, corrales, pozos de agua. Hombres que trabajaban una tierra que creían que algún día podría ser suya. Familias que habían levantado una casa, juntado unos animales, abierto un surco. Hasta que llegaba alguien con un papel y el rancho desaparecía.

 

La tierra parecía inmensa.

Pero para algunos no había lugar suficiente.

 

Elisa tenía ocho años. Martín, quince. Fida y Elena, cinco y siete.

Ella salió de su casa para no seguir recibiendo golpes. Él salió de la suya con sus motivos a cuestas. Las dos más chicas fueron dejadas en una puerta ajena, esperando. Jacinto atendía la pulpería porque si paraba, nadie más lo haría.

 

Trenque Lauquen, 1886-1891. Después, la historia fue otra.

 

Fuentes: Libro Huellas de la Municipalidad de Trenque Lauquen; Juan José Estévez, La Justicia de Paz Bonaerense: Los primeros pasos.